Hay una leyenda sobre un pájaro que canta sólo una vez en su vida, y lo hace mas dulcemente que cualquier otra criatura sobre la faz de la tierra. Desde el momento en que abandona el nido, busca un árbol espinoso y no descansa hasta encontrarlo. Entonces, cantando entre las crueles ramas, se clava él mismo en la espina más larga y afilada. Y, al morir, envuelve su agonía en un canto mas bello que el de la alondra y el del ruiseñor. Un canto superlativo, al precio de la existencia. Pero todo el mundo enmudece para escuchar, y Dios sonrie en el cielo. Pues lo mejor solo se compra con grandes dolores...
El pájaro con la espina en el pecho sigue una ley inmutable, algo desconocido le impulsa a empalarse; y muere cantando.
Cuando penetra la espina, no siente llegar la muerte, simplemente canta y canta hasta que no le quede vida para emitir otra nota.
En cambio, nosotros, cuando nos clavamos la espina en el pecho, sabemos lo que hacemos. Lo comprendemos. Pero lo hacemos. Lo hacemos a pesar de todo.
Cada uno llevamos algo adentro que no se puede negar, aunque nos haga gritar hasta morir. Somos lo que somos y eso es todo. Como la vieja leyenda del pájaro que se clava la espina y canta hasta que se muere. Porque tiene que hacerlo, es un impulso invencible. Nosotros sabemos que una cosa es mala, incluso antes de hacela, pero este conocimiento no puede influir, ni cambiar el resultado. Cada cual canta su propia pequeña canción, convencido que es la mas maravillosa del mundo. Nosotros creamos nuestras propias espinas, y no nos paramos a pensar lo que nos cuesta. Lo único que podemos hacer, es soportar el dolor, y decirnos que valió la pena...